FRANCISCO IBÁÑEZ POBLETE
Sacerdote de la Arquidiócesis de Santiago, Licenciado en Psicología por la Pontificia Universidad Gregoria y Coordinador de la Dimensión Humana del Seminario Pontificio Mayor de Santiago.
Diciembre 2022 | Nº 1216
IDENTIDAD PRESBITERAL E IMAGEN ACTUALIZADA DEL SACERDOCIO
La Ratio Fundamentalis afirma que “para profundizar en la formación integral del candidato, antes se debe reflexionar acerca de la identidad del presbítero”,[1] entendiendo que el fin de todo proceso formativo es que quienes sean sacerdotes puedan asumir esa identidad. Decía Amedeo Cencini en un texto publicado al año 2000 que, de la identidad sacerdotal “se lleva hablando prácticamente desde que terminó el Concilio […] Se ha discutido de ella en casi todos los Sínodos. En verdad, si se sigue hablando de ella todavía, esto significa que el problema está aún por resolver y que, por desgracia, refleja una realidad”.[2] Al parecer, estas palabras siguen vigentes, tanto así que 16 años después, el gran documento que enmarca la formación sacerdotal insiste en la necesidad de reflexionar sobre el tema.
Para hablar de identidad presbiteral es importante entender los aspectos que caracterizarían una identidad clara. Son muchos los escritos y acercamientos al respecto, pero una propuesta interesante es la que realiza Alan Waterman[3] a partir de los estudios de uno de los padres de la psicología evolutiva, Erik Erikson.[4] Para la configuración de la identidad personal, Waterman propone, entre otros aspectos, la capacidad de autocomprensión, el sentido unitario de la persona, la autoaceptación de la historia, la perseverancia en los valores, la confianza en el futuro y la constancia en el trabajo. Varios de estos aspectos están tratados en la Ratio, por lo que, una la sistematización de estos elementos del desarrollo de la persona podría ser un buen punto de partida para un renovado acercamiento al tema de la identidad.
La configuración de la identidad personal del candidato se realiza por medio de un camino integral que implica las cuatro dimensiones de la formación (humana, espiritual, intelectual y pastoral). Este proceso va capacitando a los futuros sacerdotes para el don de sí mismo a la Iglesia, ayudándolos a configurar a una personalidad madura e integrada, en relación profunda y celibataria con Jesús como centro de su vida afectiva y con capacidad de dar “razón de la esperanza” para entregar su vida en el ministerio pastoral, a ejemplo de la vida proexistente de Jesús.[5] El proceso, que busca asumir un valor tan alto, exige una capacidad de autocomprensión al menos mínima al inicio, que va creciendo con el tiempo, a fin de abrazar el sacerdocio y sus consecuencias de manera consciente, para vivir adultamente las alegrías y dolores de la existencia en general y de la vida presbiteral con sus particularidades.
De acá que la formación se comprenda como una realidad compleja, con variadas aristas que conviene considerar, y uno de cuyos propósitos principales es ayudar a la internalización una identidad clara en el futuro pastor. Esto significa que no se busca formar solo intelectuales, por muy seria que se considere dicha preparación en los seminaristas, ni persigue una formación monástica, aunque la oración y la vida sacramental sean centrales en la preparación. Tampoco busca formar líderes, aunque se prepare a los seminaristas lo mejor posible para la organización y conducción de actividades pastorales.[6]
Por esta razón, contar con un concepto claro de la identidad sacerdotal se presenta como el horizonte de sentido sobre el cual se recorre el camino de la vida presbiteral. Esto implica un concepto sacerdotal actualizado, es decir, que sea capaz de expresar lo propio del presbítero en diálogo constante con los hombres y mujeres de hoy y en relación dialógica con la cultura. Allí debe desarrollarse manifestando capacidad de descubrir las semillas del Verbo presentes en las personas, la sociedad y la historia, valorando a las personas como hermanos y testimoniando con claridad el mensaje del Señor, despojado de acercamientos utilitaristas, de privilegios, nostálgicos o desarraigados de conmoverse con el rostro de los más pobres,[7] e inserto en la cultura actual.[8] De darse lo contrario, el mensaje que está llamado a trasmitir el presbítero –por medio de la Palabra revelada– se realizaría con un lenguaje que poco o nada ofrecería sentido a las personas en nuestro tiempo.
LA CATEGORÍA DE “SIERVO”: CLAVE DE REVISIÓN Y MEJORA DEL DESEMPEÑO
En todos los procesos humanos, incluyendo los procesos técnicos en el caso de las cosas o manufacturas, la evaluación del desempeño constituye un paso insustituible e irrenunciable,[9] pues ofrece una cierta garantía del mantenimiento de los estándares para los cuales las cosas fueron hechas o los encargos a personas fueron encomendados. Por ejemplo, en la industria automotriz, los vehículos deben ser revisados cada cierto tiempo y cumplir con las debidas mantenciones y mejoras. Se ajustan los componentes que puedan sufrir desgaste por el uso, se revisa que los gases de combustión estén dentro de márgenes aceptables y se chequea el funcionamiento integral en las áreas más sensibles. Esto no sería posible si no se contara con “máximas y mínimas las que aspira”, es decir el horizonte que define el buen o mal funcionamiento.
Este ejemplo práctico sirve de introducción a una lógica que es mucho más compleja en los procesos humanos. Las personas, experimentamos cotidianamente cambios vitales producto del trabajo, del cansancio, del desarrollo más amplio de la vida afectiva, espiritual, intelectual y de las diferentes situaciones vitales que van tocando la manera de enfrentar la realidad y los desafíos que la vocación nos va poniendo. Por eso, nuestro desempeño sufre variaciones, renovaciones constantes y, por cierto, también deterioros. Entonces, resulta no solo importante, sino necesario, evaluarnos para afianzarnos en los aciertos, renovarnos en las mociones fundamentales, corregir los errores y descubrir, desde nuestra identidad creyente, los caminos que Dios nos invita a recorrer. Para ello los “horizontes de sentido” cumplen un papel relevante.
Se entiende que, para mantenerse en el deseo de fidelidad a una promesa o voto, la satisfacción es algo muy importante,[10] pero no podemos reducirla solo a la sensación placentera. Es genuinamente humano el sentir satisfacción por haber realizado algo importante, pero no hay que olvidar que algo puede gratificar sin que nos produzca placer, así como una cosa o experiencia puede darnos placer, pero no gratificarnos. En este sentido, la fidelidad a las promesas o compromisos no puede depender exclusivamente de la sensación de satisfacción, sino de la convicción profunda y vital de que se responde a “algo” más allá de mí, es decir, a “Alguien” que le da sentido a una existencia que considera el deseo y necesidad del corazón humano, pero que pone el horizonte de confrontación en algo que va más allá de sus límites cambiantes; nos referimos ser conscientes de responder a un llamado que llena la vida desde Aquel que es capaz de dar sentido a todas la inconsistencias y límites del corazón humano.[11]
Para que una idea –aunque en nosotros sería más preciso hablar de los valores del Reino– mueva realmente el sistema motivacional de una persona de fe, existen varios aspectos a considerar,[12] como la satisfacción, las emociones, los contextos, las implicancias sociales, el concepto de sí, etc., pero se necesitan dos coordenadas imprescindiblemente claras: aquello que es importante para mí y aquello que es importante en sí mismo. Luis María Rulla, sacerdote jesuita, fundador del instituto de Psicología de la Universidad Gregoriana, las definió como “categorías de importancia” a la hora de autotrascender en el amor.[13] De este modo, si constatamos que el camino para ser fiel a una promesa o voto se vive en un tiempo y condiciones que cambian inevitablemente,[14] la valoración de los hechos y su objetivación serán componentes fundamentales de ese camino de fidelidad.
De acá que un camino de evaluación constante se presenta como otro aspecto que sería fundamental. Ahora bien, ¿desde donde miramos la espiritualidad y el actuar sacerdotal para la evaluación? Podríamos plantear varias posibilidades, pero la Ratio Fundamentalis hace una opción expresa al poner nuevamente en el centro de la descripción del sacerdocio un concepto que podría ser una buena clave hermenéutica para la evaluación: el sacerdote como siervo.[15] “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo el Señor; y nosotros somos vuestros siervos por causa de Jesús” (2Cor 4,5) dice San Pablo, “y Moisés fue fiel en toda la casa de Dios como siervo” (Hb 3,5) nos recuerda la Carta a los hebreos. Ambas figuras, Pablo como apóstol y Moisés como prefiguración, nos remiten al ejemplo de Jesús, el verdadero “Siervo de Yahvé”,[16] que se encarna y actúa como siervo en el momento culmen de su vida, en su pasión, donde lava los pies a los discípulos y entrega hasta la última gota de su sangre. Esto nos lleva a una interpretación simbólica de la vocación como un “abajarse” para el servicio, descartando cualquier lógica de ascenso, carrerismo, dominación o privilegios.
Si bien es cierto, podríamos profundizar más en esta categoría a partir de los escritos del Antiguo Testamento, de las cartas paulinas y de algunas parábolas de Jesús, mirar el ejemplo directo de nuestro Señor nos pone de frente a dos actitudes que permitirían construir un valioso “examen de vida ministerial”. Como primera aproximación podríamos decir que el gesto del lavado de pies (Jn 13,1-15) que realizamos los sacerdotes cada jueves Santo, nos pone frente a la actitud de servicio a los más necesitados (este hermoso gesto litúrgico solo se acerca un poco a la experiencia de lavar los pies a una persona en situación de calle), de frente a mi actitud ante los demás (“yo que soy el maestro y el Señor” –Jn 13,13–), a la implicancia afectiva de los vínculos humanos (“les llamo amigos” –Jn 15,15–), al dejarse conocer en verdad por la comunidad y no por el rol (ustedes saben todo lo que hace su Señor –cf. Jn 15,15–), a las opciones pastorales (“he deseado celebrar con ustedes” –Lc 22,15–), o a entender que la identidad más profunda no está en un hacer sino en un amar (el maestro haciendo un gesto de esclavo). Por eso la pregunta ¿estoy actuando como un discípulo y siervo? Puede ser un buen elemento para afianzar los dones recibidos, pedir el don de la conversión frente a las faltas y renunciar a aquello que no es necesario ni propio, a fin de que se cumpla una de las intenciones más profundas del Vaticano II cuando, al regalarnos el Decreto Presbyterorum Ordinis, expresara el deseo de que “el ministerio de los presbíteros se mantenga con más eficacia en las circunstancias pastorales y humanas, tan radicalmente cambiadas muchas veces, y se atienda mejor a su vida” (PO, 1).
PROGRESIVIDAD DE LA FORMACIÓN Y VIDA COMUNITARIA
He planteado en la primera parte de estas reflexiones[17] que estas ideas buscan animar a quienes trabajan la pastoral presbiteral en sus esfuerzos, no pocas veces incomprendidos por los mismos pares, de seguir adelante con la búsqueda de caminos que respondan a la hermosa y desafiante tarea de acompañar la vida y el ministerio de los presbíteros. Para ello me atrevo a proponer algunas características de ese plan a desarrollar, a partir de una experiencia de pocos años aun pero muy intensa en el acompañamiento de la formación inicial y permanente.
Carácter doblemente progresivo de la formación permanente
Un proyecto de formación permanente necesita un carácter doblemente progresivo, es decir, debe realizar un cruce de variables entre la edad evolutiva personal y la edad ministerial. Suponen reconocer que los siete primeros años de un sacerdote joven no serán lo mismo de quien se ha ordenado ya mayor. Es cierto que la experiencia pastoral solo la da el servicio en las comunidades, pero será distinta la manera de enfrentar las diversas situaciones cotidianas. Esto implica considerar, por una parte, un “modelo epigenético”, un sentido progresivo de la formación permanente, pues es necesario poner una base discipular sólida para luego especificar el contenido de la vida del sacerdote, donde cada etapa se construya sobre la solidez de la etapa anterior. Esto nos desafía a un acompañamiento creativo, constante y que nunca pierda la adecuada personalización de los procesos.
La vida comunitaria
La vida comunitaria debe considerarse un aspecto integral de la espiritualidad sacerdotal. Muchas veces hemos escuchado que “el diocesano se forma para vivir solo” o “el diocesano no vive en comunidad”. Esto ha evolucionado el último tiempo a una nueva forma que plantea también una fuerte contradicción interna en este erróneo postulado. Se dice “Porque son tan frágiles los curas jóvenes, ya no viven en sus parroquias y ahora quieren vivir en comunidad”. ¡Bendita fragilidad!, pues nos permite hacer expresa una de las características más hermosas de la vocación presbiteral, justamente el “carácter eminentemente comunitario desde su mismo origen. La vocación al presbiterado, de hecho, es un don de Dios a la Iglesia y al mundo, es una vía para santificarse y santificar a los demás, que no se recorre de manera individual”.[18] También la comunidad de los hermanos presbíteros es un don y posibilidad testimonial, pues el mundo solo nos creerá si nos ve unidos. Por eso, la comunidad de los presbíteros es un lugar privilegiado de verificación de las virtudes y de ejercicio de la misericordia fraterna.
CONCLUSIÓN
En una cultura con un marcado individualismo, sería más fácil quedarse en su propia parroquia o comunidad, sea por celo pastoral o por una tentación razonable de no tener problemas extras. Si mal entendemos la fragilidad de la que los sacerdotes somos conscientes solo como un límite y no como un “espacio para que resplandezca la acción de Dios”, podría encerrarnos en la aplicación de recetas pastorales que no consideran la particularidad de la comunidad, o bien en una vida espiritual y afectiva marcada por gustos personales y compensaciones espiritualizadas. La importancia de una fuerte vida espiritual se hace cada vez mas imperiosa; una que pueda sostener un ministerio exigente, donde, a medida que aumentan las responsabilidades, debería aumentar la oración y la certeza de ser sostenido por Dios.
También debemos “caminar juntos”, es decir, considerar el acompañamiento presbiteral desde una óptica renovada y sinodal, donde todos en la Iglesia seamos responsables, cada uno desde su propio lugar, de la proclamación del mensaje de Jesús y del cuidado mutuo –también de los sacerdotes–. Esto implica dar un espacio serio y cuidado a los laicos de las comunidades que acompañan el día a día de sus sacerdotes y tienen tanto que decir. A los profesionales de la salud, a los obispos que son los primeros responsables, a los funcionarios de curia y, sobre todo, a la propia responsabilidad del sacerdote.
[1] Congregación para el Clero. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 30. Roma: Editrice. En adelante RFIS.
[2] Cencini, A. 2020. El sacerdote: identidad personal y función pastoral. Perspectiva psicológica. Revista Pastores 7: 1-36. [consultado: 02-11.2022].
[3] Waterman, A. 1982. Identity Development from Adolescence to Adulthood. An Extension of Theory and a Review of Research. Developmental Psychology 18: 341-358.
[4] Erik Erikson fue un psicoanalista alemán (1902-1994) que se dedicó a estudiar las crisis de identidad de la post guerra y el desarrollo evolutivo de las personas, buscando objetivar caminos de madurez. Es el padre de la psicología evolutiva y de la teoría del desarrollo psicosocial.
[5] Kasper, W. 2012. La Misericordia, clave del evangelio y de la vida cristiana. Santander: Sal Terrae.
[6] Patrón Wong, J. C. 2017. La renovación de la formación y la vida sacerdotal. Boletín OSLAM 70. [consultado: 02-11-2022].
[7] Concilio Vaticano II. Presbyterorum Ordinis. Decreto sobre la vida y el ministerio de los presbíteros, 6. Roma: Edictrice. En adelante PO.
[8] Consejo Episcopal Latinoamericano. 2007. Documento de Aparecida, 192-194. Bogotá: CELAM.
[9] Welsch G., R. Hilton, P. Gordon & C. Rivera. 1990. El proceso administrativo, p. 12. Ciudad de México: Prentice Hall.
[10] Cf. Cencini A. & A. Manenti. 2015. Psicología e teología, p. 105. Bologna: Centro Editoriale Dehoniano S.P.A.
[11] Martín Descalzo J. 2001. Razones. p. 799. Salamanca: Sígueme.
[12] Rulla, L. 2004. Antropology of the Christian vocation. Vol. I: Interdiscipinary base, p. 122. Roma: Gregorian University Press.
[13] Rulla, L. 2004. Antropology of…, p. 133.
[14] Rulla, L. 2004. Antropology of…, p. 125.
[15] Pastores Davo Vobis habla repetidamente de “Cristo Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia”, pero las dos últimas claves fueron quedando un poco postergadas en la reflexión de los ambientes formativos.
[16] Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-11; 52,13-53,12.
[17] Ibáñez, F. 2022. Testimoniar el amor en el mundo. Renovación sacerdotal a la luz de la Ratio fundamentalis. Primera parte. La Revista Católica 1215: 29-33.
[18] RFIS, Introducción, 3.
